domingo, 29 de marzo de 2015

ALASKA: CON FALDAS Y A LO LOCO

Debía rondar el año 1980 cuando la Iditarod saltó en las noticias nacionales por motivos nada relacionados con lo deportivo, sólo recuerdo a la persona que motivó la noticia. Años más tarde, casi cerrando el siglo pasado, cae en mis manos una revista especializada de ciclismo de montaña y la Iditarod volvía a mi cabeza para quedarse. Dormida la idea por muchos años, acabó por despertar y buscar el momento propicio.
¿Y qué es la Iditarod? Pues originariamente es una carrera de mushing, de trineos tirados por perros, que cubre una distancia de 1000 millas por tierras de Alaska, de este a oeste. Esa prueba veterana donde las halla, parió años más tarde de su origen, otras modalidades de igual distancia y más cortas en bici, y luego a pie o en esquís: La Iditarod Trail Invitational. En este caso, en nuestro caso, 350 millas (teóricas) por la nieve del territorio americano más al norte conocido, a pie y en condiciones (supuestas) de frío extremo. Tales características han llevado a calificar a la prueba (sea de trineo con perro, en bici o a pie) como la más larga y dura ultramaratón invernal del mundo.
Pues ahí llegamos (Susana y Sergio), tras una comprimida experiencia en pruebas invernales. Para poder formar parte de los 50 seleccionados por la organización (de entre todas las peticiones realizadas por quienes queremos participar por primera vez, que supongo no serán muchas más), es necesario enviar el currículum deportivo, de manera que la dirección de la carrera determinará si te acepta como rookie (novato). Y, al parecer, nuestra experiencia era suficiente para intentarlo.
Si quieres ir rápido, camina solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado.
Iditarod Trail Invitational: una prueba con el adjetivo de ser la más dura del mundo de su categoría. La organización advierte que es difícil acabarla en el primer intento (dependiendo, principalmente, de las condiciones meteorológicas y de la experiencia previa). Y cumple sus labores administrativas y las logísticas con suficiencia (en el sentido estricto). Desde el punto de vista logístico, el traslado de material y personal es más complicado de lo que parece, pues puede llevar varios días en moto de nieve o requerir de una avioneta. El resto de cuestiones que le dan la personalidad que tiene a la prueba, se deben, en mi opinión, a la concepción de la misma por parte de la dirección de carrera.

Les paso a relatar las peculiaridades de una prueba de este estilo.
En uno de tantos lagos
La prueba tiene una salida, unos puntos de paso obligatorio y una meta, el recorrido entre esos puntos es completamente libre, aun con ello, la organización estima que son unas 350 millas, que siguiendo la ruta “tradicional” y comparando los tracks de los GPS de otros participantes no salen muchas más de 310 (en cualquier caso son 500 km, más que suficientes…). La señalización se limita a algunos carteles cerca de algunos check points –CP- y poco más, es necesario recurrir a la señalización de la Iditrod de la prueba canina, a la de la Irondog, la prueba de motos de nieve que discurre por muchos tramos comunes, y a las huellas de todos los participantes que van delante (sobre todo bicicletas, que con sus 4,5 pulgadas dejan una clara serpentina de tacos…siempre que no nieve tras su paso).

La temperatura habitual en esta época del año debería estar alrededor de los -30ºC y los -40ºC; curiosamente tanto este año como el pasado han sido años “templados” (“too warm”, que dicen por allí). Durante nuestros días en la prueba las temperaturas habituales permanecieron entre  los 0ºC y los -20ºC, reservando las mínimas anteriormente comentadas para las dos últimas jornadas.

CP3: Winter Lake Lodge en Finger Lake

Para poder realizar el recorrido es conveniente llevar encima el material necesario (ropa, vivac, agua, etc.) y se dispone de casi 11 días para completarlo, existiendo tiempos de corte en tres controles de paso.
Existen ocho CP, en cinco de ellos la inscripción da derecho a comida, agua y alojamiento. La distancia entre zonas de avituallamiento (oficiales y no oficiales) va desde los 50 km, hasta los 120 km, por lo que en ocasiones son varias las jornadas en las que se está en autosuficiencia absoluta.

Este año, y por primera vez en la historia de la prueba, se permitió llevar un sistema de seguimiento GPS (un emisor de señal de posición) a quien contratara el servicio. Hasta el momento solo se permitían teléfonos satelitales o una radiobaliza para casos de emergencia. La organización parece omitir el tema de responsabilidades salvo la que asume cada uno respecto a su supervivencia.
Dicho esto, ahora toca diseñarse la prueba deportiva. Opción uno, probablemente la más elegida: ir ligero, con el equipo básico y mucho dinero encima para ir pagando todos los extras en donde se pueda (en los cinco oficiales y tres no oficiales al menos), eso supone llevar poco más de 10 kg de peso más lo que lleve uno en cash (que si lo lleva en moneda debe pesar también lo suyo). Opción dos: ir ligero, con algo más de material (probablemente más equipo de vivaqueo y cocina para hacer de comer y derretir nieve para hacer agua) y disponer de dos bultos de unos 5 kg en la milla 130 y en la 200 (los bultos los ha enviado cada uno previamente a la organización con comida, pilas, calentadores y cosas del estilo, y la organización los traslada hasta esos CP). Y opción tres: llevarlo todo encima y contar con lo que te den en los avituallamientos oficiales (un plato de comida, un lugar en donde dormir y secar la ropa, agua, café y poco más….que es mucho más de lo que parece).
Un día de playa
Nosotros nos decantamos por la última opción, lo que suponía presentarnos con un peso en salida de alrededor de 35 kg. Además, optamos por no llevar GPS para la navegación pues las personas a las que consultamos nos habían dicho que no era necesario, ni tampoco teléfono satelital ni radiobaliza ¡Ah!, me olvidé de decir que la carga se transporta principalmente en un trineo que va asido a la cintura a través de unos tubos y un arnés, y una mochila. Estas opciones son las “planificables” (con mayor o menor acierto). Así que aquí marcamos una diferencia notable con el resto del pelotón, pues éramos los únicos en ser completamente autosuficientes. Esto significaba cargar con comida (liofilizada, frutos secos, chocolate, muesli, leche en polvo, queso, embutido,...), ropa, raquetas de nieve, clavos, útiles de cocina, combustible, calentadores, bastones, saco, esterilla, funda vivac. Finalmente acabamos como “unofficial finishers” casi al final de la tabla, pues hicimos todo el recorrido, saltándonos el desvío hacia un check point de paso obligado con registro de firma (y lo peor de todo es que nos enteramos que servían los mejores perritos calientes de la zona).
Dentro de los aspectos que pueden marcar gran diferencia, y afortunadamente no es “seleccionable”, está la meteorología. Y el lugar en el grupo de corredores. La organización “abre” el camino con varias motos de nieve, comenzando las labores semanas antes y volviendo a pasar justo antes de la salida de la prueba, de manera que los que vayan en cabeza encontrarán el camino casi siempre practicable. A medida que te descuelgas de la cabeza, las probabilidades de cambio meteorológico aumentan (solo por las horas de diferencia), de manera que si entre la cabeza y el grupo en el que estás cae una nevada, las condiciones del trazado se modifican notablemente (de hecho vimos a varios ciclistas hacia Nome – 1000 millas – retirarse por haber caído una nevada de hasta un metro de nieve que les retrasaba en el avance más de lo deseado).
Aprovechando el tiempo
Imagínense entonces, dos canarios, cargados como mulas y casi cerrando el pelotón….un poema.
Pues allí nos presentamos, combinando una odisea de aviones, aduanas y sus trámites (fotos y huellas dactilares registrados), controles de seguridad de aeropuertos y un sinfín de colas para casi todo. Tras una temporada algo más dispersa de lo deseada, de preparación, información, formación y entrenamientos para frío extremo en calor templado…estábamos en Anchorage.
Al poco de llegar, nos recibe Dª Anne Ver Hoef, alasqueña, con experiencia sobrada en la ITI, mujer con la que habíamos contactado vía mail en varias ocasiones, meses antes, para asesorarnos. Su disposición desde el primer correo fue total. Gracias a ella resolvimos las compras del material pendiente (algo de comida, combustible, etc), además puso a nuestra disposición todo su arsenal de equipamiento para estas lides y todo su conocimiento y apoyo. Un encanto de persona.
Una hora entes de la salida, una hamburguesa en un bareto a orillas del lago Knik, conteniendo los nervios engendrados en unas pocas dudas, pocas pero intensas. El frío y sus consecuencias. La distancia no preocupaba, la carga tampoco.
Comienza la andadura. Dos de la tarde,en ese mismo momento, encaminamos nuestros pasos tras el grupo de participantes a pie, hasta que el grupo acabó por dispersarse y conectamos el modo sabueso, que no desactivaríamos hasta el mismo final de la prueba, en busca de huellas. La noche llegaba a eso de las siete y media (y amanecía unas doce horas después), tras avanzar a buen ritmo de caminata, y tras alguna pérdida corregida a tiempo en colaboración con otros tres participantes más, llegamos a “Dead wall” (una bajada empinada de unos tres o cuatro metros antes del río, que suponemos que para los de bici o trineos debe suponer un buen susto si no se ve a tiempo; para nosotros fue más un “sleeping wall”) y vivaqueamos antes de bajar (dormir sobre el lecho de los ríos no es aconsejable, pues estaríamos durmiendo sobre una placa gruesa de hielo que no haría otra cosa que robarnos calor a mucha velocidad), la zona estaba concurrida de participantes, unos salían al llegar nosotros, otros dormían aún y otros llegarían mientras preparábamos la cena. La puesta en marcha de una rutina que se repetiría asiduamente: descargar pulkas, abrigarse con ropa seca, sacar hornillos y comenzar a derretir nieve para rellenar los camelbag y preparar la cena, cenar, preparar el “echadero” y dormir unas pocas horas (entre dos y cuatro normalmente), levantarnos en la madrugada, desayunar, rellenar los termos con café si no lo habíamos hecho antes, recoger el material, montar el pulka y ponernos en marcha. Las labores de cocina y montaje del campamento nos llevaban entre una hora y media y dos horas, principalmente invertidas en derretir nieve para hacer agua y desmontar y montar el equipaje.
Parada para comer
Desde la primera jornada sufrimos los efectos del exceso de carga, y nuestros poplíteos cantan en modo queja, además de ello la persistente infección de piel de Susana no tarda en aparecer. Tras levantarnos y seguir camino y de esta guisa llegamos alegremente al primer CP,  tras casi 60 millas recorridas (millas, no kilómetros, pues así miden allí las distancias. Lleva unos días hacer la cabeza a sentir el avance en millas. 1 milla corresponde a 1,6 km aproximadamente). El ritmo de avance era el deseado, pero tanto los poplíteos como la infección requerían farmacopea y aminorar la marcha y hacer descansos más largos. Así pues, y como no podía ser de otra manera nos ajustamos a la realidad y nuestro ritmo tuvo que reducirse, intentando también incrementar el tiempo de descanso para poner las piernas en alto intentando compensar en lo posible el efecto de aturdimiento sobre el retorno venoso que el frío también causaba en dos pares de piernas tropicales. Nuestra idea de partida era intentar llegar al primer corte con 24 horas de antelación, cuestión que conseguimos, como también era llegar con las horas de descanso suficientes, cuestión que se nos resistiría hasta el final.
CP1: Yentna Station
Preparados para la ventisca
El resto de jornadas se vivieron con algo más de tranquilidad y con la rutina que no nos abandonaría y que ahora podemos resumir en 18 horas de avance (gracias a las que recorríamos entre 40 y 50 km, salvo la primera jornada en la que recorrimos casi 100) y 6 de parada (de las que tan solo 2 a 4 eran de “pijama”).

Avanzar por Alaska es, a priori, algo bucólico, dan ganas de imaginarse corriendo sobre el manto blanco, ligero, efímero, con la fresca brisa acariciando los pómulos, sintiendo el olor del bosque y………¡aahhhjjjj!.....qué lejos de la realidad. Caminar con una “lumbalgia” de 35 kilos enganchada a las caderas, por nieve de distintos grosores y texturas, desde esa dura como asfalto hasta esa otra pegajosa en la que te entierras y has de ir abriendo huella, atravesando lagos interminables sobre capas de hielo que te permiten ver casi a la perfección el oscuro fondo que te llama a cada paso, cruzando bosques con árboles casi idénticos, subiendo y bajando millas y millas de toboganes en los que el trineo o te chupa hacia atrás o te pasa por encima, tapándote cada huequecito entre la ropa para que no se te meta el gélido aire, abriendo y cerrando cremalleras constantemente para regular la temperatura corporal, y un sin fin de cuestiones que hacen de esa utopía imaginaria, una cruda realidad. Y cruda (y no por ella menos sabrosa), y sin papas, nos la comimos…enterita. 
Fría mañana
Si anécdotas hay en un carrera de medio día, imagínense en una de nueve. Cuesta saberse en medio de la nada, acostumbrado a encontrar por las islas o por gran parte de otros territorios por los que hemos pisado, algo habitado al otro lado de la montaña que regala cierta sensación de tranquilidad. Tras un lago, había otro, tras una ciénaga helada seguían muchas más, los bosques nunca se acababan de pasar, los ríos se remontaban durante horas sin salir de su cauce helado, ascendías horas hacia un collado y bajabas durante kilómetros hasta un río que seguías muchos otros y dejabas por otro bosque más que no abandonabas en varias jornadas. De vez en cuando aparecía un oasis, un CP en forma de pequeño complejo de cabañas junto a un lago al que solo se podía llegar en moto de nieve o en avioneta (que aterrizaba sobre la eventual pista helada sobre las aguas), y nos volvíamos a perder en la inmensidad.
Control de firmas en Puntilla Lake
Lagos, bosques, nieve, hielo, noches estrelladas en súper alta definición, cabañas de madera habitadas y abandonadas, subidas y bajadas, huellas, muchas huellas, de bici, de trineo, de personas, de motos de nieve, de alce, de caribú, de liebre, de lobo, ……Tras levantarnos del vivac de una noche, continuamos marcha y muy cerca alcanzamos a Russell, otro participante americano, desperezándose bajo un árbol, nos contaba que quiso vivaquear un poco más lejos, en una colina cruzando el río cercano, pero cuando llegó al lecho vio claramente huellas de lobo sobre las pisadas de los participantes que iban delante, y pensó que el animal debía andar cerca, por lo que prefirió volver atrás y subirse a un árbol en el que permaneció encaramado dos horas y media armado con un spray anti-osos y un claxon, hasta que el cansancio le pudo y bajó a dormir no sin antes encender una pequeña fogata; emprendimos el camino nuevamente de madrugada alcanzando aquel río, en donde se podían ver bien claras las huellas de lobo, grandes como puños…….y también de oso (que debió pasar entre el lobo y Russell). Así de salvaje es Alaska, afortunadamente, y al menos en la historia de la ITI, solo se han registrado “ataques” de alces (no debe ser muy gracioso ver delante tuya a un caballo con cuernos encabritándose).
Otra de las fortunas de las que pudimos disfrutar sucedió la noche en la que salimos de la modesta cabaña de Puntilla Lake para subir al temido Rainy Pass, un collado a poco más de mil metros de altitud cuya dificultad técnica viene dada por las condiciones meteorológicas que encuentres en la subida hacia el collado, (durante unas pocas millas quedas expuesto completamente al viento, lo pudimos comprobar aquella madrugada), y la posterior bajada, las condiciones de la nieve y posibilidad de aludes. Poco después de abandonar el lago para coger el camino comenzamos la subida por un valle abierto, la luna brillaba casi llena a nuestras espaldas, el cielo mostraba toda su oferta de estrellas sobre nuestras cabezas, de pronto, al oeste, comenzó a desplegarse una aurora boreal que pararíamos a observar. Un lindo momento.

Efectos del agotamiento

Si hubiera que resumir la experiencia, podríamos decir que ha sido dura e intensa, más allá de lo deportivo. Dura por la manera con la que decidimos participar (cargados y autosuficientes, sin mapas, ni tracks, con la experiencia justa) y por tener que llegar en nueve días para poder estar en Anchorage con la antelación mínima para preparar la vuelta a casa. Intensa por lo vivido. Por los paisajes, por el medio, por tener que estar con un grado de concentración permanente durante muchas horas, por la falta de descanso , sufriendo síntomas por las escasas horas de reposo y el agotamiento, escuchando música de fondo, como quien parece escuchar la de un concierto en el pueblo de al lado, discutiendo con el subconsciente para hacerle entender que lo blanco era nieve y no dunas de arena sobre las que parar un ratito a dormir, viendo caras en los dibujos de la nieve como quien interpreta nubes en el cielo, incluso "viendo" a una niña con chubasquero de flores acercarme los bastones tras dejarlos en el suelo en una parada. Discusiones entre el consciente y el subsconsciente en las que la razón se salió con la suya.
 Ahora entiendo bien las palabras de Anne, cuando nos decía que ir ligeros nos haría ser más felices durante la prueba; en cualquier caso, en ningún momento me pesó el trineo más de la cuenta, como tampoco el resto de decisiones tomadas sobre la manera de afrontar a la ITI.
CP4: Rainy Pass Lodge

En condiciones de frío, sobre todo en condiciones de frío extremo los errores se pagan muy caros, y el tiempo de reacción es mínimo. Hago memoria ahora y puedo decir que he sentido más frío en los Llanos de Pargana (en la cumbre de Gran Canaria) vivaqueando sin saco hace años ya, que en la noche más fría que disfrutamos en Alaska, con una diferencia: la que hay entre hipotermia y congelación (además tampoco hubiese servido de nada buscar la carretera principal y hacer autostop). Momentos delicados hubieron, por supuesto. Pocos, unos fruto de las condiciones y otros de las decisiones poco acertadas, aún con ello seguimos contando con veinte dedos, una nariz y dos orejas (cada uno, claro).
Supongo que con los años, con la experiencia que se va acumulando, se logra poder encontrar un equilibrio entre el desafío personal y el relax relativo durante la actividad, me hubiese encantado haber podido acostarme boca arriba en uno de tantos lagos helados para disfrutar largo y tendido de las estrellas, o haberme sentado hasta ver agotarse a aquella aurora boreal verde y cambiante, o haber disfrutado más tiempo de las contadas tertulias en los checkpoint, o haber disfrutado de un café con Susana, como lo hacemos uno de tantos jueves en sincronía junto a un slackline. Está claro que el frío (y el cansancio) obliga a disfrutar de las cosas de otra manera. Los ritmos son otros ahí afuera, y a ritmo de Alaska bailamos.

Ahora, al calor de Lanzarote, las primeras noches han sucedido revueltas, despertándome a cada rato buscando el camino en la oscuridad de la habitación, cubriendo con el edredón cada parte destapada como si la nieve siguiera ahí. Intento descifrar el porqué, y creo entender que, aún no habiendo tenido esa sensación en casi toda la prueba, además del modo “sabueso”, también se conectó, sin darme cuenta, el modo “superviviencia”.



Un camino trazado y recorrido, en donde el nivel deportivo sea quizá el más fácil de alcanzar y pasa a un segundo plano (no por ello menos importante); observar, leer, estudiar, aprender. Un placer para los sentidos. Una manera de cambiar impedimentos por posibilidades de una manera completamente voluntaria y placentera. 
Sin mayores pretensiones, estas líneas tan solo son el relato personal que da vida a unos pocos capítulos de una historia cercana, pues lo que no se cuenta...no sucede.
Gracias, como siempre, a mi familia por el respeto. A Natalia por compaginar vida y entrenos y a Gara por haber aprendido a ver con normalidad este estilo de vida.
Gracias al apoyo emocionado de amigos y amigas, a Anne Ver Hoef por su tiempo, apoyo y cariño, a la mujer de facturación de Delta Airlines en el aeropuerto de Nueva York por su colaboración, a la niña por alcanzarme los bastones, a Zoe por su predisposición en Shell Lake Lodge, a Russell y a Barbara por los ratitos compartidos durante la prueba, a Tracey y a Peter por la calurosa acogida en su casa de McGrath, a Marisa por ser siempre buen puerto en los entrenos en Fuerteventura.
Gracias a Susana, por los termos vaciados (y por los que nos quedan por vaciar).
Gracias a Arista por su apoyo permanente.
Gracias al Cabildo de Lanzarote y al Ayuntamiento de Haría.

9 comentarios:

estrella dijo...

Emocionada y agradecida por estos renglones Sergio. Enhorabuena por vivir esa experiencia.

piedraverde dijo...

Muchas gracias, Estrella.

Anónimo dijo...

Sergitooo, mientras leía el relato sentí, frío, miedo, cansancio, alegría... Creo que esta aventura va a marcar un antes y un después en tu vida y en la de Susi verdad? ;) Enhorabuena a ambos, una gesta al alcance de muy pocos... Y ahora? :)
Fer

Modesto Castrillón dijo...

Me ha encantado leerlo. Felicidades chicos

Anónimo dijo...

Gracias a vosotros por hacerme vivir esta experiencia sin tener que moverme de mi zona de confort. No hay palabras para describir lo que pienso de los dos. Espero ansiosa la próxima y voto para que no sea tan extrema.
Marisa

piedraverde dijo...

Gracias Fer!
Sin desmerecer un ápice la experiencia, ha sido tan relevante desde el punto de vista personal como cualquier otra vivida anterormente. La fortuna es que después de cada prueba conseguida se abre un nuevo mundo de posibilidades.....
Y ahora?
A seguir soñando y transformando!

piedraverde dijo...

Gracias Modesto!

piedraverde dijo...

Gracias!
Confort y extremo son términos relativos en este caso. Cada uno los ubicará en el lugar deseado. Muchos lugares en los que descansar, muchos sitios que visitar. Este planeta está lleno de posibilidades, y muchas de ellas a nuestro alcance

Steven Basu dijo...

Genial relato....me encantaria que pensaras en algun dia dar una charla para contarnos la aventura con mas tiempo.Un abrazo